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domingo, 18 de mayo de 2014

Cambio climático complicará acceso al agua de gran parte del planeta


Un aumento de la temperatura afectaría además la calidad del agua.





Menos agua en las regiones secas, aún más en las inundables, caudales de ríos modificados, contaminación... El calentamiento global cambiará radicalmente el mapa del acceso al agua y avivará las tesiones por este recurso vital.

El recalentamiento previsto a lo largo del siglo XXI, junto a la presión demográfica, reducirán la cantidad de agua disponible tanto en la superficie como en las capas inferiores del suelo en la cuenca del Mediterráneo, la Península Arábiga, Asia central y California (EEUU), subrayaron los expertos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) en su informe de marzo.

En el norte de Europa, en cambio, se teme que haya mayores inundaciones a consecuencia de lluvias aún más intensas.

Ya sea por escasez o por exceso de agua, hará falta anticiparse a esos cambios, en un mundo en el cual ya hay 800 millones de personas sin acceso a fuentes seguras de agua potable.

No se trata simplemente de una cuestión de cantidad. La variabilidad y la calidad de este recurso también cambiarían en un planeta más cálido, explicó a la AFP Blanca Jiménez Cisneros, directora de la división de Ciencias del Agua de la UNESCO.

El derretimiento acelerado de los glaciares, por ejemplo, podría provocar un aumento del caudal de los ríos y beneficiar a los pobladores, pero solo por un tiempo, pues luego el manantial sería menos impetuoso que antes del proceso.

Un aumento de la temperatura afectaría además la calidad del agua, pues favorecería la multiplicación de plantas acuáticas, productoras de toxinas difíciles de eliminar con tratamientos convencionales. Y allí donde las lluvias se intensifiquen, los centros de tratamiento del agua deberán eliminar una mayor cantidad de materiales contaminantes.

Otro efecto menos conocido del calentamiento sobre el agua: la salinización de las napas de agua dulce en los litorales y en las islas a causa del aumento del nivel del mar. Esto provocará en algunas regiones la necesidad de una desalinización particularmente costosa.

Michelle Obama crea un “jardín polinizador” en la Casa Blanca

Michelle Obama crea un “jardín polinizador” en la Casa Blanca



El huerto de la Casa Blanca está viviendo uno de sus mejores momentos con la Primera Dama, Michelle Obama. Su cruzada personal contra la comida procesada y el azúcar ha encontrado en esta iniciativa una manera de difundir los buenos hábitos alimenticios y, dicho sea de paso, tampoco le fue nada mal para apoyar a su marido en la carrera presidencial.

Desde que lo fundó en 2009, siguió la tradición de otros de sus ilustres inquilinos que, como George Washington, Eleanor Roosevelt o John Adams o los Clinton, también fueron jardineros. En su caso, la moda de lo orgánico y de la protección ambiental se suman al rédito político que le dan las lechugas, las calabazas, el brócoli, los guisantes, las fresas o, como gran novedad, las abejas, que ahora acaban de ser invitadas a la fiesta.

Por sexto año consecutivo, estudiantes de distintas escuelas de Washington acudieron a sembrar parte de los jardines sur de la residencia en el marco de su campaña Let’s Move!, que promueve la buena alimentación y una vida activa. Un año de más de lo mismo, excepto porque incorporó un jardín de flores espcialmente diseñado para que las polinicen las abejas dentro como ampliación del huerto de la Casa Blanca.
Ayudar a las abejas

El bosque del tití, el más golpeado de todo el país


De 9 millones de hectáreas de bosque que originalmente tenía el país, hoy solo queda en pie el 8%.



Desde el punto de vista biológico, el bosque seco, el hogar del emblemático mono tití cabeciblanco –uno de los primates más amenazados del mundo, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN)–, de los micos aulladores, las lagartijas azules, los colibríes, los loros, las guacamayas, las boas constrictor y las arañas lobo, es un paraíso.

No hay que desconocer que en ciertas épocas del año hace honor a su nombre y parece un desierto, una zona estéril en la que solo parecieran crecer chamizos y arbustos. Pero, basta que lleguen las lluvias para que se transforme en un despliegue de plantas multicolores, guayacanes amarillos, ocobos rosa, cámbulos rojos; que van creciendo hasta formar una selva comparable la del Amazonas en biodiversidad y espesura.

No obstante, las cifras sobre su conservación no están en sintonía con toda esa riqueza que resguarda.

Un reciente estudio del Instituto Humboldt, que se convertirá en un libro a mediados de año y que hizo una medición a escala 1:100.000 sobre el territorio con el apoyo del Jardín Botánico de Bucaramanga, la fundación Gaia y las universidades del Atlántico, del Cauca e Industrial, dice que de los 9 millones de hectáreas de bosque seco que tenía el país originalmente, hoy solo queda en pie el 8 por ciento.

Una cifra que cualquiera podría calificar de optimista frente a otras publicadas por biólogos como Juan Manuel Díaz Merlano, director científico de la Fundación Marviva e investigador de la Universidad Nacional, que indican que la porción que sobrevive es de 1,5 por ciento.

En lo que sí coinciden el Humboldt y Merlano es que gran parte de este ecosistema ha sido arrasado o talado para introducir ganado o cultivos agrícolas.

Lo que más preocupa es que apenas el 5 por ciento de lo que existe (es decir 0,4 por ciento de lo que había) está hoy incluido en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Se ha comprobado además que el 65 por ciento de las tierras que han sido deforestadas y eran bosque seco presentan desertificación, es decir, están degradadas o inservibles.

Wilson Ramírez, uno de los expertos del Instituto Humboldt que lideró la investigación, explica que este grave deterioro del bosque no se resuelve solo rodeándolo con zonas de reserva.

“Para un sistema natural y biológico tan degradado, el escenario de conservación en áreas protegidas puede quedarse corto; por eso la restauración ecológica debe ser una de las principales estrategias para la recuperación de algunas porciones del bosque que están muy deteriorados”, explicó el experto.

La destrucción del bosque no solo ha colapsado la supervivencia y reproducción de animales. Allí se han identificado 1.200 especies de plantas, 26 de ellas endémicas; 230 especies de aves con 33 endémicas, y 60 especies de mamíferos, de ellos tres endémicos.

Este es un hábitat que, de ser preservado con sostenibilidad, nos aportaría enormes cantidades de maderas finas para hacer artesanías y muebles, fibras y plantas ornamentales que podrían exportarse, y compuestos químicos como resinas, látex y fármacos.

Allí crecen frutas como el mamoncillo y el níspero y se reproduce un árbol llamado palo santo, que sirve para hacer repelentes contra insectos y para extraer de la piel aguijones o espinas enconadas.

Una cuarta parte de las medicinas disponibles en la actualidad proviene de su flora, y el 70 por ciento de ella ha sido identificada como útil para desarrollar tratamientos contra tumores malignos, según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos.

Otras plantas han dado origen a fármacos contra la hipertensión, la artritis y afecciones cardíacas. Lo que se mantiene del bosque seco, además, nos sigue sirviendo gratuitamente para amortiguar el cambio climático y acumular agua lluvia.

Además, la fauna que lo habita ha desarrollado un mecanismo de defensa extraordinario para adaptarse a las fluctuaciones de la temperatura y a la escasa disponibilidad de líquido.

Pero el bosque es talado diariamente. “Cuando su vegetación es reemplazada por potreros, la temperatura comienza a aumentar, baja la evotranspiración y con esto las lluvias; entonces, el suelo pierde su capacidad para retener agua, el nivel de los ríos sube y hay más inundaciones”, explica Díaz Merlano.

En Colombia solo quedan bosques secos aislados en la isla de Providencia, La Guajira, la serranía de Piojó (Atlántico), en las islas del Rosario y los Montes de María (Bolívar).

También en los alrededores del río Patía (Cauca), en el cañón del río Dagua (Valle), en el valle del río Sogamoso (Santander) y también en Mariquita y el cañón del Sumapaz (Tolima).

Otra porción se conserva en la serranía de San Lucas, donde enfrenta los mayores riesgos por la minería ilegal y la deforestación para introducir palma africana. Parques Nacionales Naturales confirmó recientemente que allí se está gestando la creación de un parque nacional para cuidar alguna porción de este bosque. También hay un área protegida planeada para los bosques secos del Patía, en el Cauca.